Terminar, cortar, dejar de estar, chotearlo, decirle adiós, chau, vete, lárgate de mi vida. Para una mujer -queramos o no- siempre es más duro y patético aceptar una ruptura. Nuestro estilo de vida, psiquis, costumbres, amistades y lugares frecuentados cambian rápidamente, y como nos cuesta voltear la página somos capaces de vivir escondidas en el rincón más oscuro de nuestra habitación, hasta que la tormenta y el roche de encontrártelo pasen. Afortunadamente el estado post-separación es algo transitorio, una enfermedad viral que se cura con el tiempo. Han pasado horas desde ese último adiós a tu -quien creías- media naranja. Probablemente desde ese momento (y hasta que se te pase), llegada la noche no dejas de revivir las peleas, lo último que se dijeron, los buenos momentos y las más refundidas cóleras, de las que rápidamente armas un discurso tan acusador y sangriento que más le vale al susodicho no aparecerse por ahí.
Y no aparecerá, porque a diferencia tuya que estás postrada en tu cama, ojerosa por el insomnio, cansada del zapping y quizá con algunas calorías demás, aunque igual luciendo sexy en tu piyama de Hello Kitty, él se encontrará en la calle con los amigos (o con otra en el peor y trágico de los casos), porque no soportan estar solos, menos aún sin pareja. Quien sabe recordándote o no, pero definitivamente haciendo los intentos por olvidarte.
Dos días después decides prender la computadora.
Shock número 1. Te encontrarás con las miles de carpetas de fotos suyas contigo bajo el rótulo de: “tú y yo”, “mi bebito y yo”, “con mi gordito”, “fotitos con mi osito de felpa”, y n de cursilerías más que solos se nos ocurren a nosotras en nuestros arranques hormonales de ternura. Si ya eras muy hincha, cambiarás el fondo de pantalla de los dos en la playa por el clásico de Windows antes de que alguien más lo vea.
Shock número 2. Después de varias semanas te resulta raro no encontrarlo en el Messenger. De repente tenías la esperanza de saludarlo para saber cómo le iba (gran error si la separación es muy fresca aún) o simplemente verlo conectarse. Aunque al principio no lo creas, tu ex te ha eliminado de sus contactos. Te borró, no le importas, nunca te conoció. Hizo delete con tu vida. Por deducción, con el tiempo tampoco no te admitirá en su Facebook, Hi5, Twitter, etc.
Por fin llegó el momento de cambiar de aires. Decides hacerte la manicure, revisar los cientos de mails que tienes en tu bandeja, salir con tus amigas, ir al gimnasio, ir de compras y sobretodo limpiar tu cuarto. Deshacerte de todo lo que te recuerde a él. El portarretratos de tu mesa de noche, sus tarjetitas de amor, y demás cachivaches que te regaló y que ahora -sin sentido alguno- solo te sirven para hacer bulto. Sin embargo, te acercas a tu cama dispuesta a dejar nada más que tu almohada sobre ella, y la cara del osito de Rosatel te dio tanta pena que decides conservarlo aunque sea encerrado en una caja en tu ropero. A veces las mujeres, nos dejamos llevar por nuestro instinto maternal.
Hasta que llegó el día. Quizá fatídicamente lo tenías que volver a ver en clases o en el trabajo, o simplemente te lo cruzaste un día por la calle. Su reacción probablemente será ignorarte, hacerse el que no te vio o esconderte, porque claro, siempre algo de culpa o vergüenza tienen. Si se da el caso, se lanzarán miraditas de reojo por un tiempo, pero el querrá que tú lo saludes. Como lo peor ya pasó, te acercas a demostrarle a ese semental con un hola, ¿cómo estás? que ya sentimiento alguno no te causa. Y si la conversación se da después de varios meses, seguramente te pedirá tu número, que “misteriosamente” desapareció de su agenda telefónica. Mentira. El mensaje entre líneas que él te está dando es: me había olvidado completamente de ti. Dejando florecer sus más empolvados sentimientos de despecho.
Sin embargo, no siempre las cosas suceden así, ni siempre nos encontramos con el mismo tipo de hombre, aunque muchas cosas en común tienen. Mucho tiene que ver también el tiempo que duró la relación, porque de eso depende lo fácil o difícil que te resulte despegarte de una persona. Lo que sí ocurre es que reaccionamos de tres distintas maneras. Tres particulares categorías en las cuales nos podemos ubicar o caer:
Las depresivas. Para quienes son hipersensibles o les encanta el melodrama, esta es su clasificación. Se dice que estas mujeres son las que consideran que su cuarto es su nuevo mundo, que su vida ya no tiene sentido, viven escuchando Ritmo Romántica solo para recordarlo (de manera masoquista) en cada canción, y muchas veces llegan a descuidar su rendimiento académico, humor e imagen. Logran superar este cuadro vergonzoso, aunque es posible que nunca más le vuelvan a dirigir la palabra al chico en cuestión.
Las caletas. Estas mujeres suelen llevar la procesión por dentro. Son quienes haciendo caso a su orgullo crean un escudo a su dolor, aunque en el fondo sí les afecta la separación. Buscan distraerse con sus amigos y familiares para evadir aquella tristeza; y de vez en cuando cometen errores como llamarlo y no contestar, revisar sus páginas en Internet para ver qué cambios hizo, preguntar por él, pasar por su casa, etc. Pasado el tiempo, pueden llegar incluso a ser grandes amigas del ex.
Las indiferentes. Encontrarlas de este tipo es poco común (creo). Ya que por el mismo hecho de ser mujeres, siempre somos aunque sea un poquito sensibles. Se podría decir que estas chicas son de las que olvidan fácilmente, ya sea porque nunca les interesó mucho la relación o porque rápidamente se consiguen a otro. Llevan sus relaciones de una manera muy “ligera”, y usualmente nunca duran mucho tiempo con alguien. Al volver a ver a su (o sus) ex, muchas consideran la posibilidad de un remember, aunque aquello no signifique volver a estar.
De cualquier manera, y actuemos como actuemos, nosotras siempre nos las arreglamos para salir victoriosas y más fuertes después de terminar con alguien. Eso es lo único rescatable de una separación, las enseñanzas. Aprendemos a descubrirnos, compartir, tolerar, consentir, sacrificar, a defender y a defendernos. Veámosle el lado bueno al asunto, y por si acaso, hombres y oportunidades hay para rato.

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