Siempre nos vemos rodeados de pegajosas historias de amor en los libros, las películas, las canciones, en Televisa, o quizá vivimos una. Aquellas con el final feliz, la pareja casada, los hijos por venir y los malos en la cárcel o carbonizados (como debe ser). Pero las historias que se presentarán a continuación no tienen nada que envidiarle a un buen culebrón. Su melodrama no es pura ficción y aunque no lo vayamos a creer, sucedieron en Trujillo. Tres historias encarnadas por mujeres de estas tierras, y sobre todo enlazadas por un sombrío detalle: para los apasionados amantes, alcanzar la felicidad en pareja fue un total martirio. En 1840 aproximadamente, en la que ahora conocemos como la Casa de la Emancipación, vivían Don Tiburcio Urquiaga junto a su esposa Petronila Anachuri y su hija mayor Manuela. Don Tiburcio era un hombre con poder en la ciudad, importaba mercadería para el pequeñísimo Trujillo de aquel entonces, y era conocido por poseer un carácter fuerte y violento. Sus vecinos eran los Madalengoitia, los hermanos José Iginio y Pedro. El primero era párroco y llegó a ser obispo de la ciudad; mientras que el segundo, además de cura, era profesor en la Universidad Nacional de Trujillo.
La historia cuenta que José Iginio vivía enamorado de Manuela y que ella le correspondía, y como su idilio era un grave pecado, lo mantuvieron en secreto. Pero no por mucho tiempo. Como todo acto a oscuras que en algún momento sale a la luz, ambos no pudieron ocultar el embarazo de Manuela. Si de haber sido noticia en nuestros días, el escandaloso hecho hubiera trascendido las fronteras del país, tratándose del 1800, es de imaginarse el rostro enrojecido –o pálido- del impetuoso Don Tiburcio, al asimilar la magnitud del problema que significaba traer un nieto a la familia.
Para evitar que Don Tiburcio llegara a matar de furia a José Iginio, su hermano Pedro decide asumir la responsabilidad del bebé, antes de que Trujillo se espantara de saber que el obispo de la ciudad iba a tener un hijo. Y como para el futuro abuelo, esto no era suficiente para enmendar la honra de su hija, los Magalengoitia –dueños de grandes haciendas e importadores de productos ingleses- acordaron en remodelar la Casa de los Urquiaga. Es en ese entonces donde la Casa cambia de estilo virreinal a neoclásico, con todos los ornamentos ingleses que ofrecieron los hermanos.
Es curioso saber que la “M” que podemos observar actualmente en el monograma de las ventanas de la Casa de la Emancipación, no hacía simbolismo alguno por los Madalengoitia –como mucha gente creía- sino por Manuela. La pobre vivió una nada dulce, pero sí larga espera, contando con vergüenza los días para dar a luz a su desdichada criatura, que de infeliz no tuvo nada, salvo la negación de relación alguna con su verdadero padre. Llevó por nombre Manuel Urquiaga y fue heredero de la modernizada Casa y de otra más que su tío Bernaldino Carlonge le diera en herencia.
Nos saltamos al 1560, y encontramos otra historia no menos desafortunada que la anterior. Don Pedro de Urzúa era un guapo capitán nacido en Navarra, que a sus treinta años tenía cinco batallas que respaldaban su excelencia. En 1559, el Virrey Andrés Hurtado de Mendoza le encomienda la misión de comandar a una tropa en la segunda expedición al Amazonas, zona en la que irían a buscar la famosa región de El Dorado. Entusiasmado con la ambiciosa excursión, Don Pedro partió de Lima hacia la selva convocando a soldados para que se le unieran. En el camino, hizo una parada en Trujillo y se reunió con Don Blas de Atienza, quien le presentó a su bellísima hija Doña Iñés, una mujer viuda pero no menos interesante.
Lo suyo fue un amor a primera vista. Hacían la pareja perfecta, ambos hermosos y cortesanos, generaban la envidia de cualquiera. Don Pedro estaba tan enamorado de ella, que decidió llevársela a la expedición. Gran error, porque lo único que conseguiría con eso, sería acrecentar el deseo y la lujuria entre tantos soldados. El liderazgo de Don Pedro parecía desvanecerse entre el calor de la selva y las caricias de Doña Inés, que aunque era respetada por todos, se dibujaba como la culpable del desinterés de su amante por su gente y su expedición.
Por aquellos días, Don Pedro nombró teniente suyo al temido Lope de Aguirre, un hombre de aspecto frío y arrogante, de mirada desafiante y con un pasado lleno de maldades. Al poco tiempo, aprovechándose del descontento de la tropa, el nuevo teniente organizó un botín para matar a su Gobernador, uniéndose con oficiales que deseaban a la apetitosa viuda, y con soldados que pedían gritos de guerra y sangre entre tanta pasividad. Don Pedro fue tomado de sorpresa en su tienda y salvajemente atacado, quedando muerto en el suelo con más de cuarenta estocadas. Doña Inés hizo llevar el cadáver de su amante a las afueras del pueblo, donde lo enterraron un 1 de enero de 1561. La pobre quedó sola llorando su desventura, sin darse cuenta que su belleza había sido el principal catalizador del crimen. Lope de Aguirre y los demás traidores, continuaron con la expedición.
1916. César Vallejo vivió muchos amores en su juventud, y de todas las mujeres con las que mantuvo una relación, María Rosa Sandoval fue quizá la más especial. Ambos se conocieron en las académicas reuniones del grupo “La Bohemia”, a las que María solía frecuentar junto con su hermano Francisco. María era una mujer atractiva, comprensiva, sensible, pero sobretodo amante de la poesía y el arte. Era interesante a los demás por su capacidad intelectual, y gracias a ese don conquistó el corazón de Vallejo.
Los amores con César fueron de una extraña intensidad romántica. Se llevaban muy bien, y tenían muchas cosas en común. Sin embargo, el romance de los poetas estaba destinado a la separación. Repentinamente, María enfermó de tuberculosis, su familia la refugió en Otuzco desde donde se carteaba con Vallejo constantemente. En su etapa de convalecencia él le escribió algunos poemas, los cuales ella respondía con sentidos comentarios, felicitaciones y en una de sus últimas cartas ella le expresó con una gran pena, el no estar presente para presenciar todos sus triunfos como artista. Era una señal. César intuyó que no la vería jamás, y así fue.
María falleció a los 24 años de edad (1918) y este fue un duro golpe para Vallejo. Por esos días escribe “Los Dados Eternos” donde la recuerda en la primera estrofa: “¡Dios mío! ¡Estoy llorando, porque vivo! ¡Me pesa haber tomádote tu pan! Pero este pobre barro pensativo / no es costra fermentada a tu costado: ¡tú no tienes Marías que se van!” María, su gran amor platónico, fue –dentro de las pretendientes del poeta- la única que con gran sensibilidad presintió su grandeza espiritual y el profundo y doloroso significado de su poesía.

1 comentarios:
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