Mañana empieza el feriado largo y con él los innumerables carros que desaparecen en los brazos de la Panamericana, porque claro, nadie festejará -como se debe- la verdadera razón de este fin de semana vacacional. ¿Será que alguno recuerda el motivo?
Cansados de la maratón de películas de Jesús, los recorridos de iglesia a iglesia, las procesiones, las hojitas del domingo de Ramos, las melodramáticas escenificaciones del dolor de Cristo y demás detalles; la gente ha reinventado y resumido la fiesta santa en dos palabras: playa y juerga.
Es más, es tomada como símbolo del cierre del verano. De ahí la razón por la que la mayoría se la pasa frente al mar. En estos días de descanso, las personas no suelen levantarse y reflexionar en lo que hace miles de años le ocurrió a Jesús, por el contrario, su preocupación se centra en salir a pasear, de compras, (en la playa) que salga el sol y que el mar no esté tan helado.
A pesar que la religión católica es la que reina en nuestro país, esta no ha sido capaz de captar ni con miel ni con hiel a sus creyentes, quienes lo único que respetan en semana santa es la orden de comer solo pescado. Sesenta por ciento de peruanos son católicos, sin embargo, esta cifra mete en un mismo saco tanto a los solo bautizados como a los fieles. Tendríamos que ver cuántos fieles quedan luego de ser separados.
Sin ánimos de desmoralizar ni criticar a ningún religioso, la reflexión de esta columna va para aquellos que se sienten católicos, pero nunca practican su religión. Aquellos que se duermen en misa y piensan que los rezos de las abuelitas son pura cucufatería. Si es que a estas personas les aburre o incomoda su religión, por qué no cortan todo vínculo con ella, ¿o existe acaso un miedo al considerarse no católico? ¿Una presión social? Ese podría ser un tema para otra columna.

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