El mundo vive con incertidumbre y asombro la primera plaga del siglo. Del lunes 5 al martes 6 de mayo, la cifra mundial de infectados con la gripe AH1N1 se elevó de 1’085 a 1’490 respectivamente; mientras que la cifra de muertos también ascendió de 26 a 31. En solo una semana, la Organización Mundial de la Salud (OMS) cambio el nivel de la pandemia de 4 a 5, en una escala de 6, lo que significa que el virus ya no solo se propaga causando brotes sostenidos en una comunidad, sino al menos en dos países (Estados Unidos y México). Estas cifras asustan, y aunque en este lado del continente no lo sentimos tanto, no estamos ajenos a que en cualquier momento la desgracia porcina nos atrape. Por ello, el país debe tomar medidas de precaución como el uso de mascarillas, repartir información acerca de cómo se previene el contagio, cuáles son las características del virus, realizar un control estricto en aeropuertos, y mejorar y abastecer a los centros de salud, para que llegado el momento puedan aplacar al virus a tiempo, evitando pérdidas humanas.
Y mientras vemos cómo México vive la soledad de sus calles, parlamentarios egipcios realizan genocidio de 350’000 cerdos, una argentina es abandonada por su avión por supuesta gripe porcina (no se sabe aún), y el presidente pide perdón por un ministro que dice que no quiso decir lo que dijo; repentinamente todos nos olvidamos de la crisis.
Así como AlQaeda en medio de conflictos políticos, asustó a Estados Unidos y al mundo con el infeccioso Antrax; algunas personas aseguran que la gripe porcina estaría desviando a la gente en su preocupación por la crisis mundial. Puede ser. Sin embargo, no le podemos restar importancia a la “gripe norteamericana” (que en realidad debería denominarse mexicana, debido a ser el país que más víctimas ha cobrado y que sufre el mayor aislamiento del mundo), ya que es una realidad palpable e infecciosa, que esperamos, termine con sus anhelos de expansión.

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