15/01/2009

Milicia, aprendí de tus malicias

Algunos ingresan por imposición, otros por ser corregidos, unos pocos por convicción, hay quienes lo ven como un reto, y quienes acceden a él mediante incentivos deportivos o de uniforme; pero al parecer, a todos les termina gustando. ¿Cuál será el encanto de una escuela militar? ¿Su aislamiento y privaciones? ¿Sus órdenes y castigos? Los civiles tal vez lo podremos ver como la boca del lobo, pero para los cadetes, el Ramón Castilla es su segundo hogar.


Camino a Huanchaco encontramos al Ramón Castilla, con su fachada de muros blancos con verde que abrazan a una mini sociedad que no descansa. 5:30AM. El toque de Diana ha levantado a los alumnos y empieza la carrera de todos los días. Mecanizados ya, conocen el tiempo exacto para asearse, cambiarse, tender sus camas, y bajar a tiempo con su maletín de estudios –los cuadernos se alistaron la noche anterior- al comedor principal. 6:00AM. Parados cada uno en su lugar y con los muslos pegados a la mesa, escuchan y repiten la oración de gracias que una muchacha reza. ¡A servirse!, grita un cadete. Tienen veinticinco minutos para el rancho (manera fácil de llamar al desayuno, almuerzo y cena bajo un mismo nombre); mientras que los oficiales rondan las mesas comprobando que los platos queden vacíos. El reloj avanza, y con la barriga llena, los que conforman la banda se van a ensayar, algunos monitores de sección corren a supervisar el orden y limpieza de sus cuadras (lugares de descanso, cuartos) antes de algún llamado de atención, y la mayoría del alumnado se alista para la parte más importante del día.

Paso largo cadete. El coraje de los alumnos se refleja en cada paso que marcan. Nadie falta en la Lista de Diana. Separados por año, se forman en tres grandes bloques en el patio del colegio. La ceremonia es presidida por los alumnos, el brigadier general pide permiso a sus superiores para empezar. Dos cadetes avanzan hacia el centro del campo saltando y levantando las rodillas, una de ellas reza la oración del cadete y la otra el credo del cadete; la vocecita aguda de esta última rechina en el eco del silencioso patio. Un oficial toma la palabra y 400 alumnos –aproximadamente- realizan los movimientos coreográficos de atención y descanso. El brigadier general pide permiso para finalizar la ceremonia y los alumnos se preparan para marchar. Cada año pasa saludando a las autoridades con un cántico distinto, levantando en alto las piernas y cargando su maletín negro, porque en unos minutos se inician las clases. 7:30AM Quince minutos duró el rito y ahora ubicados por secciones en sus salones, tendrán que esperar hasta las 2:00PM para su siguiente rancho. Por la tarde, los cadetes tienen que asistir a talleres de música, básquet, fútbol, voley y atletismo, según sus horarios. 4:30PM A continuación, realizan una gimnasia básica con o sin armas, circuitos y una carrera final de motivación.

8:00 PM Acaban de terminar su último rancho del día y vuelven a formar en el patio para la lista de retreta. Los brigadieres y monitores verifican que las secciones a su cargo estén completas. 10:00PM Todos se encuentran en sus cuadras listos para dormir. Catorce camas (una frente a otra) caben en ese pasadizo largo llamado cuarto. Todo está perfectamente ordenado, no hay ningún distintivo que diferencie la cama de uno con la de otro, ni si quiera los maletines colocados encima de los casilleros, porque todos son iguales. Solo los cadetes se entienden en su mundo. Acomodan su almohada con tabla –madera colocada para lograr la rectitud de la funda- y se acurrucan para descansar. Quizá sea el momento más tranquilo y largo del día en que puedan conversar, reír, y compartir con su
Descanso. A la hora de dormir todos regresan a sus cuadras. promoción. Aunque no todos tienen la misma suerte. Algunos afortunados, son escogidos para realizar el servicio de imaginaria, que consiste en velar el sueño de todo el colegio durante la noche-madrugada. Tres son los sacrificados cada día: el primero vigila de 9 a 12, el siguiente de 12 a 3 y el último de 3 a 6. La diana vuelve a sonar y los cadetes tienen poco tiempo para pestañear.

Políticas críticas

Ser castillista es ser diferente. Lo dice el lema del colegio, pero ¿en qué consisten esas diferencias? El Ramón Castilla fue creado en 1964, para entonces, era el primer colegio militar a nivel nacional. También fue el primer colegio militar en incluir a mujeres en el 2003. “Aquí se forma el carácter”, comenta la suboficial Venegas Marca. Carácter que consiste en agachar la cabeza y sobrevivir. Esa es la razón por la que muchos padres matriculan a sus hijos en el colegio, por que saben que aquí van a tener que obedecer a la fuerza. “Hay que corregir al padre, esto no es un centro de rehabilitación ni una correccional”, enfatiza Venegas Marca.

Dentro de las aulas, los alumnos pueden leer de todo, aunque no tienen la misma libertad para opinar. Por ejemplo, de política o del mismo régimen militar. “Tenemos alumnos medios recalcitrantes, pero ya saben que si continúan van a ser castigados. Yo era media comunista en la universidad, pero entrando en la vida militar tuve que abstenerme de muchas cosas”, rememora Venegas Marca. Ni siquiera las mismas autoridades tienen derecho –en toda su amplitud- de opinar. “Esa información no me compete, no te puedo contestar”, responde el capitán Glener ante la crítica al actual servicio militar que ya no es obligatorio.

Las políticas en el colegio son iguales para ambos sexos: cursos, rutinas, horarios, cuartos, ropa, etc. Aunque a diario, andan separados. En los salones, en sus habitaciones y hasta en el comedor, porque anteriormente cuando se mezclaban para comer, algunos varones hacían comer de más a sus compañeras. Pareciera que ellas la tienen más difícil, ya que tienen que acostumbrarse a llevar una vida andrógena: emular una voz áspera, llevar el mismo uniforme, olvidarse de posters y peluches en sus cuartos –por que está prohibido- y rechazar esa sensibilidad que nos caracteriza, aunque no siempre con éxito. “Una tiene las ganas de abrazar a alguien, de contarle sus cosas, se extraña mucho a los familiares”, comenta la brigadier Juliana Contreras Aguilar.
Listas para partir. Las cadetes esperan ansiosas el reencuentro con sus familias. Según la “Cartilla del cadete”-donde se verifica todo lo que no se debe hacer- está prohibido tomar, drogarse, escaparse, pelearse, hablar lisuras y llevar juegos de azar. “Pasa de todo. Conozco a uno que se escapó y regresó a pedir perdón pero lo botaron, otros que fumaban y sabían como hacerla, incluso un chico que vendía licor dentro del colegio, pero lo encontraron y también lo botaron. Tomar era pan de cada día, en ocasiones hasta he llegado ebrio al cole y cuando finalizamos quinto, tomábamos hasta con los oficiales”, responde Cristian Martell, ex alumno. Otra prohibición de la lista de pecados del cadete es enamorarse. A mucho nos tomó de sorpresa, pero es que aquí “todos son como hermanos”. “Eso dicen los profesores, pero es otra la realidad. En mi promoción, varios llevaban su relación en secreto”, afirma Martell. Esta medida un poco injusta viene desde arriba, porque entre autoridades militares no pueden casarse, “menos si no son del mismo grado, incluso no pueden trabajar esposos en el mismo lugar”, añade la suboficial Venegas Marca.

Usted abusó

Según las autoridades, tratan de evitar el abuso entre grados, pero cuando el respeto viene en jerarquía; perros, chivos y vacas compiten por exaltar su honor.
Quienes llegaron a leer a Vargas Llosa en La ciudad y los perros, o si quiera visto la película, podrán recordar que lo más impactante de la obra era el salvajismo y el abuso entre cadetes. Esta fue la premisa que tenía que ser revelada en el Ramón Castilla. Según las autoridades, tratan de evitar el abuso entre grados, pero cuando el respeto viene en jerarquía; perros, chivos y vacas compiten por exaltar su honor. El de tercero respeta al de cuarto, y este último al de quinto; y quien tiene las de perder aquí es el más chiquitín. Lo más común y conocido es el ‘bautizo’, práctica realizada a todos los que recién ingresan al colegio. Uno de quinto escoge a su ahijado –uno de tercero- para ser su defensor, “aunque más recibe golpes que ayuda, y lo lleva por todo el colegio, pero lo único que llama la atención es que el ahijado va con un disfraz. En mi promoción murió eso, ya no se hace más”, cuenta Cristian Martell entre risas. Ante este rito, la suboficial Venegas Marca comenta muy tímida: “son pruebas que te hacen pasar, que no puedo detallar cómo son, pero terminas mal”.

Entre otras prácticas están las innumerables sanciones físicas (ranas, planchas, etc.), asaltar a los perros cuando compran en el quiosco, lavarse la cara con tierra y pararse en un casillero semidesnudo por tres horas, como le pasó a Martell cuando recién ingresó.
Pese a que los alumnos conocen de esto, e incluso muchos lo han vivido, no dejan de tener un sentimiento de pertenencia con su colegio. “No me iría, ya me he acostumbrado y me gusta. Incluso cuando estoy de vacaciones, extraño estar aquí”, afirma con honestidad la brigadier Juliana Contreras. “En los colegios civiles hay más privilegios, en el nuestro no porque es un internado. Pero algo que me beneficia es que al salir ya no voy a depender de mis padres porque aquí me han enseñado a cómo hacer mis cosas y cómo trabajar”, responde el alumno Héctor Faccio. Aquí la vida es dura y cada uno aprende a sobrellevarla. Estar en un colegio militar te enseña a valorar más las cosas, y quizá el gusto de estos chicos esté en la ausencia: nada de celulares, ni familia, ni mascotas, ni comodidades, ni libertades mínimas. O tal vez les guste recibir órdenes, o ser puntuales, o llevar uniforme; solo ellos lo comprenden.