Starbucks anuncia misteriosamente su llegada, el McCafé ya se metió al bolsillo a varios trujillanos en los últimos meses, los clásicos cafés de Pizarro –aunque con menos gente- se encuentran asechantes a solo algunas cuadras; pero Olga Cachi Sánchez tiene una fe ciega en que sus clientes vendrán a su local. Aquí no se ha cambiado (casi) nada desde 1925, quien no ha entrado desde hace diez años encontraría todo igual: las mesas, los postres, las vitrinas y la cantidad de comensales son siempre los mismos. Como registrado en una fotografía.
Y es que la dulcería “Doña Carmen” tiene ese encanto añejo que más que tradición, simboliza una familiaridad con nuestro paladar. En el camino a la cuadra 8 de San Martín, la mayor preocupación es que no se acabe el postre por el que hacemos todo el recorrido. La oferta de manjares resulta escasa ante la demanda de cucharitas anhelosas por azúcar, y eso desespera aún más. Tras vencer al incierto, la suerte lleva a nuestra boca el mejor sabor casero de la ciudad. Por un momento la sensación nos confunde, y estar ahí se siente como visitar a la abuela.
La historia de este próspero negocio trujillano se remonta al 1900, cuando Carmen Teresa Portocarrero Taveda, oriunda de Cajamarca, decide emigrar a Casa Grande con su esposo, Santos Sánchez y su única hija, Juana. Pasado el tiempo y conociendo sus habilidades, tuvo la iniciativa de abrir una pequeña dulcería. En 1925 se muda a Trujillo, instalándose en el domicilio 814 de San Martín. En un inicio la señora Carmen atendía afuera de la casa, cocinando con perolitos en braceros de leña. Su arroz con leche, leche asada y manjarblanco se volvieron populares, y contando con un fiel público dulcero, instaló un pequeño saloncito en la entrada de su casa conocido desde entonces como “Doña Carmen”.
En 1969 fallece la matrona fundadora, dejando a su hija Juana Sánchez Portocarrero a cargo del negocio. Esta última falleció en 1995, y fueron sus hijas Olga y Luz Elena Cachi Sánchez quienes abrazaron la tradición familiar y continúan cada una –independientemente- administrando una dulcería. Olga ya lleva trabajando 14 años en “Doña Carmen”, mientras que su hermana se encuentra a una cuadra en la dulcería “…..”
En este rinconcito para golosos, la señora Olga Cachi sirve con cariño los tradicionales postres de su abuela. En la carta no encontramos a la esponjosa Selva Negra ni a la refinada torta Sacher, sino peruanísimas mazamorras, yemecillas, arroz con leche, tajadón, higos rellenos con manjarblanco, leche asada, budín de coco, pies, entre otros. Y para beber, tampoco hay capuchinos ni milk shakes, sino dos únicas opciones: chica morada o café. Ante la propuesta de agregar otros dulces a la carta, la señora Olga responde: “No, aunque de repente en un futuro.”
Pero entonces, ¿cuál es el éxito de una dulcería que no permite que la innovación entre a su cocina? Su secreto está en los insumos. Desde un inicio, la premisa para todas las reposteras fue trabajar con los mejores ingredientes en cuanto a calidad y sabor. Es un hecho. Clientes de toda edad visitan el local a diario, esperan en la puerta antes de que abran para disfrutar del calorcito de un postre fresco y repiten a su antojo los pequeños manjares; otros más discretos los llevan a casa. “En una oportunidad quise incrementar con otros dulces, pero no, la gente ya sabe lo que viene a comer acá y no le hacen caso a otras cosas que se brindan”, afirma Olga Cachi, con una seguridad que solo los años se la pueden otorgar.
Como símbolo turístico de la ciudad, por aquí han pasado reconocidas personalidades del mundo político y artístico nacional. Según contaba doña Carmen Portocarrero, Víctor Raúl Haya de la Torre era muy amigo suyo y siempre frecuentaba el saloncito para comer merengues y roscones, sus postres preferidos. Así como él, Fernando Belaúnde, Víctor Larco Herrera, Alan García, Luis Alva Castro, Mercedes Cabanillas, Martha Chávez y hasta Nino Peñalosa con sus modelos, entre otros; se han rendido a las tentaciones de la vitrina de “Doña Carmen.
La dulcería es reconocida tanto a nivel nacional como internacional. En las guías turísticas y revistas es catalogada como tradición trujillana, y ha sido premiada con diplomas por el Banco Continental, la Federación de Periodistas del Perú, innumerables revistas y en varias ocasiones por la Municipalidad de Trujillo. Esta última le otorgó en 1957 una medalla de plata en reconocimiento por su esfuerzo, premio que recibió también Castañeda, otra tradición de casa. Pronto todos estarán colgados en las paredes del local, incluyendo además la foto de la misteriosa fundadora. En 1997, Olga y su hermana fueron invitadas a participar en un congreso internacional de postres y comidas típicas en Guadalajara, por considerar a su dulcería una de las mejores del Perú. Lamentablemente por falta de recursos, no pudieron viajar.
Detrás del mostrador, Olga Cachi sueña con poner una sucursal en el centro, aunque por ahora debe pausar ese proyecto por lo costoso que resultaría. Por lo pronto, se contenta con la extensión que hizo el año pasado en el saloncito, ya que ahora cuenta con un segundo ambiente con más mesas para sus dulceros comensales que solían esperar impacientes la retirada de algún otro visitante. Como negocio de familia, piensa tal vez en pasarle la posta a su hijo mayor, José Miguel, quien según dice gusta de la administración de la tienda. Finalmente, tras risas y postres, revela con una sonrisa su más profundo cariño: “agradezco bastante a mis clientes porque no me abandonan, están ahí siempre, y eso me da mucha satisfacción y energía para seguir trabajando.”

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