Cómo ser caballero y no morir en el intentoDía a día se nos presentan situaciones en las que nuestra generosidad y cortesía se ponen a prueba. Según lo aprendido en casa, sabremos cómo actuar. Sin embargo, los hábitos han cambiado, y ahora por ejemplo, es normal que la mujer invite a comer al varón. ¿Qué pasa con la caballerosidad en nuestros días? No se ha perdido, pero ha adquirido nuevas reglas entre géneros. Esta crónica va dirigida a los caballeros de hoy; cualquier parecido con un manual de etiqueta es pura coincidencia.
- ¿Cuánto es lo mío?
- Nada. Descuida mujer, yo lo pago.
- ¡No! ¡Qué vergüenza! Ya pues, ¿quince, no? Ten.
- No...guarda eso. ¡Mozo! Cóbrese.
Ser cortés es una cualidad abandonada en estos días. Pocos son los hombres que mantienen un estilo de vida donde la cortesía, generosidad y nobleza son pilares de una trinidad que dirige sus actos. Aquellos señores que frecuentan bares y cafés parecen ser los únicos sobre la Tierra con síntomas de caballeros. Ni siquiera los caballeritos que formamos en casa se salvan, ya que cada vez son más frágiles ante las manos de una sociedad que los moldea. Si queremos entender qué normas han cambiado desde nuestros abuelos, comprendamos primero que ahora vivimos en una equidad de géneros, donde tanto hombres como mujeres se permiten o no cumplir el manual de etiqueta de las buenas maneras.
Pongamos el ejemplo del diálogo: pagar la cuenta. La discusión va más allá de una mera pelea de billeteras, se trata de cómo nos comportamos actualmente. Seguramente una abuela pensaría “lo lógico es que él pague”, y su nieta le diría “no abu, ahora pagamos a medias”. El que el hombre haga oídos sordos a alguna queja por parte de su compañera ha sido desde siempre obligación de un verdadero caballero. Pero ahora no es así, este gesto de cortesía puede suceder o no. La independencia económica y la justicia entre sexos aprueban que ahora sea la mujer quien pague su parte, o si lo desea, invite. Hoy por hoy está implícito que las boletas se comparten, no está mal visto, al contrario, denota justicia.
Al parecer, la consecución de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres por la que ellas lucharon desde finales del siglo XVIII, ha impreso en algunas féminas una huella tan profunda que ahora son menos las que permiten un trato “especial”. El hecho de que el hombre sea quien “tenga” que pagar en un restaurante es un hábito que se desprende de las prácticas machistas de la caballerosidad, donde se supone que la mujer es incapaz de trabajar y tener su propio dinero. Pueda que la rebeldía sea una respuesta al eventual resentimiento por la superación que la mujer ha logrado el siglo pasado, aunque ninguna puede negar que le agrada que la hagan sentir especial. Muchas se quejan de ser tratadas como lisiadas, sin embargo, ¿qué mujer no ha abusado alguna vez de su “debilidad”? Quien se oponga, que lance la primera piedra.
En nuestros días, encontramos costumbres que muchos hombres aún practican. Si se trata de una cita por ejemplo, él debe recogerla de su casa y ser puntual, abrirle y cerrarle la puerta del auto, cederle el paso primero y prestarle la casaca si tiene frío; son gestos muy amables y elegantes que posiblemente ayudarían en cualquier intento de “afane”. Si van a cenar, le acercará el asiento y la esperará para comer, en caso el plato de su invitada aún no esté en la mesa. Si van por la calle, no debe dejar nunca que ella vaya por el lado cerca de la pista, por un mandamiento de protección, ese lugar le pertenece al hombre. Igualmente cuidará de no caminar a desnivel de su acompañante y estar pendiente de ella siempre. Al momento del retorno, es propio dejarla en casa, así se puede ganar no solo a la chica, sino también al suegro.
Por otro lado, encontramos algunos modales que son criticados por la boca de la sociedad. ¿Cuántas veces por la calle hemos escuchado a muchachos disparar malas palabras al aire con total desvergüenza? Pero algo peor que oírlas, es que provengan de la boca de una mujer. Los ajos y cebollas saben peor. Del mismo modo, gritar cuando mientras se conversa no es necesario hacerlo, interrumpir a alguien, no escuchar a quien te habla, hablar con los audífonos puestos, fumar en lugares públicos o mirar a una persona del sexo opuesto mientras vas con tu pareja (este último sobretodo para los celosos) son modos de comportarse poco educados y que a menudo resultan muy incómodos.
Con los años, las costumbres han cambiado, y seguirán cambiando. Algunas tan solo viven en la memoria de nuestros padres y abuelos, y otras perduran aunque con un aire un poco “cursi” a veces. Ante el temor al rechazo de estas galanterías, hay una manera de ser caballero sin incomodar a las mujeres, y es respetando su espacio. Si lo que ellas odian es notar en los gestos que impera el machismo, habrá que tratarlas bien sin ser tan condescendientes, dejando de lado cualquier rasgo de superioridad simbólica. El contexto no es tan alarmante, la mayoría de mujeres no son así, eso es seguro. Pero para quienes dudan, no están demás las anotaciones.
La caballerosidad, sin embargo, no sólo se ve en el enamoramiento, no debe ser entendida así. Esta es la brújula que dirige todos nuestros actos hacia lo correcto. Dependiendo de cómo fuimos criados en casa, seremos ciegos o no para reconocer cuándo debemos portarnos bien. Por ejemplo, erróneamente se cree que es obligación de un caballero brindarle su asiento a cualquier dama, y no es así. No todas lo necesitan y hay que ser justos con ellos también. Ver a mujeres con niños, embarazadas, ancianos, personas con algún problema físico, o a quienes por su cara delatan la urgencia de sentarse, sí invitan a pararse con todo gusto.
La caballerosidad supone ponerse en el lugar del otro. Cederles el paso a los ancianos por la calle, socorrerlos en cruzar la pista, brindarles nuestro lugar en la cola de un banco o ayudarlos ante cualquier necesidad, es loable aunque parezca simple. Sin embargo, un simple detalle también puede mostrar un rechazo. Supongamos que vemos a una mujer cargada de maletines en una agencia de viajes y vamos a ayudarla, ¿qué pensaría ella? Con una cara de desconcierto, es muy probable que dude de nuestras intenciones. Es lógico y en vez de una ayuda, puede resultar incómodo. Determinados gestos no son interpretados por la otra parte como tal, por lo que es necesario saber ayudar, escoger el momento y el lugar indicado para no recibir un desaire a cambio.
Muchos, hombres sobretodo, se preguntarán a estas alturas si vale la pena ser caballero. La verdad, sí. La caballerosidad bien entendida está al margen del tiempo, no pasa de moda ni tiene edad. Lo que cambia son los valores, que en vez de ser estáticos, se moldean con los años y las sociedades, manteniendo sus principios más puros. No hay que tener miedo a mostrarse respetuoso y galante -bien lo dice el dicho, lo cortés no quita lo valiente- cuando la educación es nuestra mejor carta de presentación. Quien realmente es un caballero, no puede dejar de serlo a pesar de lo que le digan, y eso es creer en uno mismo.
- ¡No! ¡Qué vergüenza! Ya pues, ¿quince, no? Ten.
- No...guarda eso. ¡Mozo! Cóbrese.
Ser cortés es una cualidad abandonada en estos días. Pocos son los hombres que mantienen un estilo de vida donde la cortesía, generosidad y nobleza son pilares de una trinidad que dirige sus actos. Aquellos señores que frecuentan bares y cafés parecen ser los únicos sobre la Tierra con síntomas de caballeros. Ni siquiera los caballeritos que formamos en casa se salvan, ya que cada vez son más frágiles ante las manos de una sociedad que los moldea. Si queremos entender qué normas han cambiado desde nuestros abuelos, comprendamos primero que ahora vivimos en una equidad de géneros, donde tanto hombres como mujeres se permiten o no cumplir el manual de etiqueta de las buenas maneras.
Pongamos el ejemplo del diálogo: pagar la cuenta. La discusión va más allá de una mera pelea de billeteras, se trata de cómo nos comportamos actualmente. Seguramente una abuela pensaría “lo lógico es que él pague”, y su nieta le diría “no abu, ahora pagamos a medias”. El que el hombre haga oídos sordos a alguna queja por parte de su compañera ha sido desde siempre obligación de un verdadero caballero. Pero ahora no es así, este gesto de cortesía puede suceder o no. La independencia económica y la justicia entre sexos aprueban que ahora sea la mujer quien pague su parte, o si lo desea, invite. Hoy por hoy está implícito que las boletas se comparten, no está mal visto, al contrario, denota justicia.
Al parecer, la consecución de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres por la que ellas lucharon desde finales del siglo XVIII, ha impreso en algunas féminas una huella tan profunda que ahora son menos las que permiten un trato “especial”. El hecho de que el hombre sea quien “tenga” que pagar en un restaurante es un hábito que se desprende de las prácticas machistas de la caballerosidad, donde se supone que la mujer es incapaz de trabajar y tener su propio dinero. Pueda que la rebeldía sea una respuesta al eventual resentimiento por la superación que la mujer ha logrado el siglo pasado, aunque ninguna puede negar que le agrada que la hagan sentir especial. Muchas se quejan de ser tratadas como lisiadas, sin embargo, ¿qué mujer no ha abusado alguna vez de su “debilidad”? Quien se oponga, que lance la primera piedra.
En nuestros días, encontramos costumbres que muchos hombres aún practican. Si se trata de una cita por ejemplo, él debe recogerla de su casa y ser puntual, abrirle y cerrarle la puerta del auto, cederle el paso primero y prestarle la casaca si tiene frío; son gestos muy amables y elegantes que posiblemente ayudarían en cualquier intento de “afane”. Si van a cenar, le acercará el asiento y la esperará para comer, en caso el plato de su invitada aún no esté en la mesa. Si van por la calle, no debe dejar nunca que ella vaya por el lado cerca de la pista, por un mandamiento de protección, ese lugar le pertenece al hombre. Igualmente cuidará de no caminar a desnivel de su acompañante y estar pendiente de ella siempre. Al momento del retorno, es propio dejarla en casa, así se puede ganar no solo a la chica, sino también al suegro.
Por otro lado, encontramos algunos modales que son criticados por la boca de la sociedad. ¿Cuántas veces por la calle hemos escuchado a muchachos disparar malas palabras al aire con total desvergüenza? Pero algo peor que oírlas, es que provengan de la boca de una mujer. Los ajos y cebollas saben peor. Del mismo modo, gritar cuando mientras se conversa no es necesario hacerlo, interrumpir a alguien, no escuchar a quien te habla, hablar con los audífonos puestos, fumar en lugares públicos o mirar a una persona del sexo opuesto mientras vas con tu pareja (este último sobretodo para los celosos) son modos de comportarse poco educados y que a menudo resultan muy incómodos.
Con los años, las costumbres han cambiado, y seguirán cambiando. Algunas tan solo viven en la memoria de nuestros padres y abuelos, y otras perduran aunque con un aire un poco “cursi” a veces. Ante el temor al rechazo de estas galanterías, hay una manera de ser caballero sin incomodar a las mujeres, y es respetando su espacio. Si lo que ellas odian es notar en los gestos que impera el machismo, habrá que tratarlas bien sin ser tan condescendientes, dejando de lado cualquier rasgo de superioridad simbólica. El contexto no es tan alarmante, la mayoría de mujeres no son así, eso es seguro. Pero para quienes dudan, no están demás las anotaciones.
La caballerosidad, sin embargo, no sólo se ve en el enamoramiento, no debe ser entendida así. Esta es la brújula que dirige todos nuestros actos hacia lo correcto. Dependiendo de cómo fuimos criados en casa, seremos ciegos o no para reconocer cuándo debemos portarnos bien. Por ejemplo, erróneamente se cree que es obligación de un caballero brindarle su asiento a cualquier dama, y no es así. No todas lo necesitan y hay que ser justos con ellos también. Ver a mujeres con niños, embarazadas, ancianos, personas con algún problema físico, o a quienes por su cara delatan la urgencia de sentarse, sí invitan a pararse con todo gusto.
La caballerosidad supone ponerse en el lugar del otro. Cederles el paso a los ancianos por la calle, socorrerlos en cruzar la pista, brindarles nuestro lugar en la cola de un banco o ayudarlos ante cualquier necesidad, es loable aunque parezca simple. Sin embargo, un simple detalle también puede mostrar un rechazo. Supongamos que vemos a una mujer cargada de maletines en una agencia de viajes y vamos a ayudarla, ¿qué pensaría ella? Con una cara de desconcierto, es muy probable que dude de nuestras intenciones. Es lógico y en vez de una ayuda, puede resultar incómodo. Determinados gestos no son interpretados por la otra parte como tal, por lo que es necesario saber ayudar, escoger el momento y el lugar indicado para no recibir un desaire a cambio.
Muchos, hombres sobretodo, se preguntarán a estas alturas si vale la pena ser caballero. La verdad, sí. La caballerosidad bien entendida está al margen del tiempo, no pasa de moda ni tiene edad. Lo que cambia son los valores, que en vez de ser estáticos, se moldean con los años y las sociedades, manteniendo sus principios más puros. No hay que tener miedo a mostrarse respetuoso y galante -bien lo dice el dicho, lo cortés no quita lo valiente- cuando la educación es nuestra mejor carta de presentación. Quien realmente es un caballero, no puede dejar de serlo a pesar de lo que le digan, y eso es creer en uno mismo.
(Versión sin editar publicada en Día30, Agosto 2007)

1 comentarios:
Me encantó!! Jajaja, ojalá todos los hombres pudieran leerla... tienes razón, ahora la caballerosidad ha evolucionado y se demuestra de distintas maneras. Muy buena la crónica Raquelita, como siempre. TQM :)
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