
En una ocasión, a dos amigos y a mí nos preguntaron cuál había sido nuestro viaje más memorable. Sin duda, pude haber respondido que salir de mi país y ver otra realidad fue el viaje de mis sueños, pero curiosamente no lo sentí así, y, como de costumbre, me fui por las ramas analizando lo que pasaba en mi interior…
Trato de recordar algún viaje en especial, pero todos pesan igual en mi balanza; me parecen iguales aunque en realidad no lo sean. Mi perenne sentimentalismo así lo cree y concluye que la palabrita en cuestión (viaje) es polisémica. Muchas acciones y emociones están inmersas: no todos viajamos a un mismo lugar, ni llevamos lo mismo, no nos sentimos igual y mucho menos nos vamos por la misma razón. Hay quienes viajan por diversión, aventura, por descubrir, escaparse o por necesidad.
Un viaje puede cambiarte la vida, o por lo menos la forma de verla. Guarda las ansias de lo diferente, de experimentar lo nuevo, de vivir lo desconocido. ¿Cuánto tiempo? Eso también es variable: años, meses, semanas, días, horas. Yo prefiero los viajes cortos, así me dura menos aquella ilusión temporal (aunque por dentro quisiera que fuera eterna), esa amnesia de lo que diariamente nos rodea, la monotonía. Además, por ser cortos, puedo disfrutar de varios.
Los recuerdos que tengo de mis viajes son pocos, tal vez sienta la necesidad de experimentar más, pero lo poco que he vivido me ha servido. Experiencias buenas y malas como estas te ayudan a conocer y a conocerte. Descubrirte en un nuevo lugar, fuera de tu hogar, es sentirte tú. Te desubicas, conoces, observas, descubres, te alegras, te desesperas, te asustas, reaccionas, actúas y encuentras algo nuevo en ti.
Así esté en Londres o en Huaraz, para mí viaje es viaje, y lo disfruto al máximo. No me importa ir a la playa siquiera, con tal de sentir esa desconexión del mundo, esa paz envolvente. Escaparnos un momento, refugiarnos en lugares que anhelamos en nuestra mente, es hermoso, es un sueño, es nuestra utopía.
Trato de recordar algún viaje en especial, pero todos pesan igual en mi balanza; me parecen iguales aunque en realidad no lo sean. Mi perenne sentimentalismo así lo cree y concluye que la palabrita en cuestión (viaje) es polisémica. Muchas acciones y emociones están inmersas: no todos viajamos a un mismo lugar, ni llevamos lo mismo, no nos sentimos igual y mucho menos nos vamos por la misma razón. Hay quienes viajan por diversión, aventura, por descubrir, escaparse o por necesidad.
Un viaje puede cambiarte la vida, o por lo menos la forma de verla. Guarda las ansias de lo diferente, de experimentar lo nuevo, de vivir lo desconocido. ¿Cuánto tiempo? Eso también es variable: años, meses, semanas, días, horas. Yo prefiero los viajes cortos, así me dura menos aquella ilusión temporal (aunque por dentro quisiera que fuera eterna), esa amnesia de lo que diariamente nos rodea, la monotonía. Además, por ser cortos, puedo disfrutar de varios.
Los recuerdos que tengo de mis viajes son pocos, tal vez sienta la necesidad de experimentar más, pero lo poco que he vivido me ha servido. Experiencias buenas y malas como estas te ayudan a conocer y a conocerte. Descubrirte en un nuevo lugar, fuera de tu hogar, es sentirte tú. Te desubicas, conoces, observas, descubres, te alegras, te desesperas, te asustas, reaccionas, actúas y encuentras algo nuevo en ti.
Así esté en Londres o en Huaraz, para mí viaje es viaje, y lo disfruto al máximo. No me importa ir a la playa siquiera, con tal de sentir esa desconexión del mundo, esa paz envolvente. Escaparnos un momento, refugiarnos en lugares que anhelamos en nuestra mente, es hermoso, es un sueño, es nuestra utopía.

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