Cada ciudad es como un pequeño país, y quien lo gobierna debe conocer las necesidades de su pueblo. El deseo de administrar y reformar una ciudad no es tarea fácil para un alcalde. Se necesita ser conciente del trabajo, la responsabilidad y la madurez que implica cualquier obra representativa. Los compromisos que este tiene con una sociedad son de toda índole, y sería erróneo pensar que su labor sólo se mide en cambios de infraestructura. Para reconocer una buena gestión no calculamos el tiempo que tomó, o cuanto se invirtió, sino de qué manera nos benefició. Es así como valoramos obras sociales y por ende a quien las hizo. La historia nos ha dejado algunos buenos ejemplos de alcaldes que en su momento supieron decidir qué hacer por su ciudad. Poco conocemos, tal vez, de estos personajes, pero sí de sus obras, que se imponen como modelo a seguir.
Hace unos años, nuestro país tuvo la suerte de tener en sus manos una mente que revolucionó y dio pie a la Lima que ahora conocemos. En 1964, Luis Bedoya Reyes, fue elegido alcalde de nuestra capital. Su administración involucró desde la modernización de la Municipalidad de Lima, hasta la remodelación del Mercado Central y de las avenidas Argentina y Colonial. Pero sin duda su obra más destacada en sus cinco años de alcalde es la construcción del zanjón de la Vía Expresa. Esta visión futurista nos ha salvado del caos vehicular durante muchas décadas, pese a que no se concluyó su parte final. El mérito no sólo le concierne a la obra en sí, sino a la comprensión que Bedoya tuvo para poder solucionar el problema de la comunicación entre el norte y sur de la capital. La gente reconoció la creatividad y constancia de este personaje, eligiéndolo como alcalde para un segundo periodo.
Hay veces en que los problemas sociales se convierten en el principal objetivo de un alcalde. Tal es el caso de Antanas Mockus Sivickas, alcalde de Bogotá en 1995-1997 y en el 2001-2003. En una ciudad donde el miedo y la inseguridad han hecho casi imposible la vida urbana, era necesario tomar medidas inteligentes y rigurosas. Mockus consiguió disminuir la cantidad de muertes violentas prohibiendo el uso de artefactos pirotécnicos y sobretodo implantando la “Hora Zanahoria”, norma que obliga a los lugares públicos a cerrar a la una de la madrugada. A su vez, inició un programa de cultura ciudadana orientado a la transformación de actitudes y costumbres de los bogotanos con su ciudad. Enseñando a respetar, pudo trabajar por y para ellos, embelleciendo la ciudad con obras que ahora la colocan como un ejemplo de gobernabilidad y urbanismo. Lo rescatable en Mockus además, es la conexión que tuvo con su gente, supo concientizarla con disciplina, respeto y compromiso para reinventar junto con él la ciudad que todos querían.
En momentos de quiebre, es cuando también se puede evaluar la labor de un alcalde. Es así, como Rudolph Giulliani pasó a la historia por su papel como alcalde de Nueva York el día de los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001. Ante tal acontecimiento tuvo una respuesta muy responsable y heroica. Conociendo el espíritu desorientado de los neoyorquinos, los animó a unirse como ciudad, convenciéndolos que tenían que ser fuertes y hacer frente al siniestro. Giulliani también se sentía afectado por el atentado, pero sabía que la gente estaba esperando de él una contestación. Con optimismo y realismo, asumió la dirección en los trabajos de reconstrucción, pensando en cómo iban a luchar para salir adelante. Con fuerza y mucho espíritu solidario fue insuflando valor a la gente. En poco tiempo se convirtió en un ejemplo de liderazgo, mostrando al mundo cuanto cariño le tiene a su trabajo y a su gente, y cómo supo desenvolverse en situaciones inesperadas y de tal magnitud.
Un alcalde tiene que ser un estratega al aprovechar bien los recursos de una ciudad. Un buen ejemplo es nuestra vecina localidad de Quito, la cual en los últimos años ha mostrado un gran cambio. Desde que fue elegido alcalde en el 2000, el Mayor Paco Moncayo se ha esforzado por valorizar la riqueza patrimonial y el bienestar del pueblo quiteño. Presenta ahora a una ciudad con un Centro Histórico renovado, que ha superado las expectativas y que cuyo trabajo continúa sin pausa. El intercambio cultural y el impulso del turismo son claves que han ayudado al reconocimiento de esta ciudad. Además, busca revalorizar la calidad de vida creando una propiedad protegida y enriquecida de valores para fortalecer el sentimiento de identidad de los quiteños. Con una disposición solidaria y eficiente a sabido articular el crecimiento y regeneración de la ciudad, mejorando las condiciones ambientales y de equipamiento urbano para disfrute de la comunidad.
Podemos rescatar en cada uno de estos alcaldes muchas aptitudes que encajarían en el perfil del alcalde ideal. A mi parecer, lo más importante es el compromiso y el respeto que pueden tener por una ciudad y por su gente. Siendo concientes de esto, tendríamos alcaldes con verdadera vocación de servicio, en vez de encontrarlos divagando en las Municipalidades. Debemos aprender a exigir y a evaluar a nuestros alcaldes, pero también debemos aprender a respetar sus obras. Para sacar adelante una ciudad existe una dualidad entre alcalde y pueblo. Se necesita educar a la población a respetar y querer a su ciudad, para que ésta trabaje por ellos sin complicaciones. Se acercan las elecciones, y la expectativa al cambio es muy grande. Ver a nuestra ciudad florecer no es una utopía, tan solo se necesita de un voto conciente y de la honesta disposición de los aspirantes a la alcaldía. Esperemos no equivocarnos.
(Versión sin editar de la publicación en Día30 - Nov, 2006)
20/03/2007
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